La carambola geopolítica y el límite del imperio

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Cuando el poder unilateral desafía el equilibrio del sistema internacional

Por Noel Breard. Senador Provincial de Corrientes. (UCR)

Durante décadas, Estados Unidos actuó como arquitecto del orden internacional liberal, y tras la Segunda Guerra Mundial impulsó un sistema basado en alianzas estratégicas, comercio global e instituciones multilaterales, un esquema que permitió varias décadas de relativa estabilidad y expansión económica en buena parte del planeta.

Sin embargo, en los últimos años ese rol comenzó a transformarse, porque algunas decisiones estratégicas del liderazgo norteamericano parecen haberse alejado de la lógica institucional que caracterizó a la posguerra para ingresar en una geopolítica más directa, más riesgosa y más unilateral. En ese contexto, la conocida tesis del historiador Niall Ferguson sobre el “imperio renuente” empieza a quedar parcialmente superada por un fenómeno distinto: el intento de ejercer poder global sin aceptar plenamente los límites del sistema internacional.

En su libro Coloso: auge y decadencia del imperio americano, Ferguson planteaba una idea provocadora, Estados Unidos sería el imperio más poderoso de la historia contemporánea y, al mismo tiempo, un imperio incómodo con su propio poder. Washington reunía los atributos clásicos de una potencia imperial (capacidad militar global, influencia financiera y capacidad de organización del sistema internacional), aunque carecía de algo fundamental: la voluntad política de asumirse plenamente como imperio.

Durante gran parte del período posterior a la Segunda Guerra Mundial esa explicación resultó convincente, porque el liderazgo norteamericano funcionó como un factor de estabilidad global, sin embargo, en los últimos años comenzó a aparecer un giro estratégico que obliga a revisar parcialmente esa interpretación.

La irrupción política de Donald Trump introdujo un cambio importante, bajo la consigna “America First”, Estados Unidos dejó de presentarse como garante del sistema internacional y comenzó a actuar con una lógica más directa de poder nacional, priorizando intereses propios por sobre la estabilidad institucional del sistema global.

Si se observan algunas decisiones estratégicas recientes desde una perspectiva geopolítica amplia, aparece una dinámica que recuerda a una jugada compleja de billar: una acción en un punto del tablero internacional produce efectos en otros escenarios aparentemente lejanos, podría hablarse, en ese sentido, de una verdadera carambola geopolítica.

Las tensiones con Irán, las presiones sobre el sistema petrolero venezolano y el reordenamiento energético derivado de la guerra entre Rusia y Ucrania comparten un elemento común, porque todas impactan sobre el sistema energético mundial, ese sistema energético resulta decisivo para el crecimiento de China, el principal competidor estratégico de Estados Unidos en el siglo XXI.

La carambola geopolítica también incluye otra dimensión menos visible: la reorganización del vínculo entre Estados Unidos y Europa a partir de la guerra entre Rusia y Ucrania. Durante décadas Europa construyó una relación económica funcional con Rusia basada en el suministro de gas barato, una energía que fue clave para sostener su competitividad industrial.

La guerra alteró completamente ese esquema, Europa perdió el acceso al gas ruso a bajo costo y debió reorganizar rápidamente su matriz energética, mientras parte del nuevo suministro comenzó a provenir de fuentes alternativas, entre ellas Estados Unidos, que incrementó sus exportaciones de gas natural licuado hacia el continente europeo.

Al mismo tiempo, el conflicto reconfiguró el papel de la OTAN, los países europeos fueron presionados para aumentar significativamente su gasto militar con el objetivo de acercarse al 5 % de su producto bruto interno, una decisión que implica una modificación profunda en el modelo europeo de desarrollo.

Durante décadas Europa había privilegiado el comercio, el bienestar social y la integración económica, mientras delegaba gran parte de su seguridad estratégica en el paraguas militar norteamericano, la guerra obligó a revisar ese paradigma.

Paradójicamente, mientras Europa asumía mayores costos económicos derivados del conflicto (energía más cara, mayor gasto militar y tensiones industriales), muchas de las decisiones estratégicas continuan siendo discutidas entre Washington y Moscú, dejando al continente europeo en una posición secundaria dentro del tablero geopolítico.

A ello se suma otro elemento revelador de la nueva dinámica internacional, Estados Unidos, principal proveedor militar de Ucrania, negoció mecanismos de compensación estratégica vinculados al acceso futuro a recursos críticos como las llamadas tierras raras, minerales indispensables para la tecnología avanzada y la industria armamentística del siglo XXI.

De esta manera comienza a delinearse un Occidente que se mueve a dos velocidades: una potencia que organiza el sistema estratégico global y un conjunto de aliados que, aun siendo económicamente poderosos, ocupan un rol cada vez más subordinado dentro de la arquitectura geopolítica.

Sin embargo, la geopolítica también tiene límites, cuando una estrategia se vuelve excesivamente arriesgada puede transformarse en un verdadero salto sin red. La confrontación con Irán, por ejemplo, introduce un riesgo importante para el sistema internacional, porque un conflicto prolongado en Medio Oriente podría provocar un fuerte aumento del precio del petróleo y generar presiones económicas incluso dentro del propio territorio estadounidense.

La historia reciente ofrece un antecedente claro. En 1973, tras la guerra árabe-israelí conocida como la guerra de Yom Kippur, los países productores de petróleo utilizaron el crudo como instrumento de presión geopolítica, provocando un shock energético mundial: el precio del barril pasó de alrededor de tres dólares a más de once, un aumento cercano al 300 %. Aquella crisis dejó una enseñanza duradera para la política internacional: el petróleo no es solamente una mercancía estratégica, también puede convertirse en un arma geopolítica capaz de alterar profundamente el equilibrio económico global.

Hoy esa lección adquiere una nueva dimensión, la disputa energética ya no se limita al petróleo de Medio Oriente, también involucra el gas ruso, las reservas venezolanas, las rutas energéticas globales y el impacto de todos esos factores sobre el crecimiento económico de China. En otras palabras, la energía vuelve a ocupar el centro del tablero estratégico mundial.

Mientras tanto, China podría responder reorganizando su estrategia energética, diversificando proveedores y ampliando alianzas económicas en otras regiones del mundo.

Paradójicamente, una política diseñada para frenar su ascenso podría terminar estimulando su propia capacidad de adaptación.

En el frente interno estadounidense también existen límites políticos. Las elecciones legislativas de medio término suelen funcionar como un termómetro del respaldo social al gobierno, y si una estrategia internacional genera inflación energética, tensiones económicas o conflictos prolongados, el electorado puede reaccionar rápidamente reduciendo el margen de acción del poder político.

La historia de las relaciones internacionales ofrece, en ese sentido, una enseñanza constante, los momentos de hegemonía absoluta son raros y transitorios, porque el predominio de una sola potencia suele generar resistencias y procesos de reequilibrio. El historiador Paul Kennedy explicó hace décadas que las grandes potencias terminan enfrentando el fenómeno del sobreestiramiento imperial, el momento en que las ambiciones estratégicas comienzan a superar las capacidades reales de un país.

En el caso de Estados Unidos existe además un elemento adicional que muchas veces se subestima: su propio sistema institucional, su sociedad y el equilibrio del sistema internacional funcionan como mecanismos de corrección frente a liderazgos excesivamente personalistas.

Algo similar ocurre en el plano global, cuando una potencia intenta forzar el equilibrio internacional mediante decisiones demasiado arriesgadas, el sistema comienza lentamente a reacomodarse, aparecen nuevas alianzas, nuevos equilibrios y también nuevas resistencias.

Por eso, aun cuando ciertos liderazgos puedan provocar tensiones o crisis momentáneas, la dinámica más profunda del sistema internacional tiende a relativizar su impacto.

El líder puede consumirse en su intento, pero el imperio, si no corrige su rumbo estratégico, continuará recorriendo su propio camino histórico.

Porque cuando las pasiones personales pretenden reemplazar las reglas del sistema internacional, la historia suele recordar una lección sencilla: los imperios no caen de golpe, comienzan lentamente a deslizarse por el tobogán de su propio exceso de poder.

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